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Tuesday, May 11, 2021

Transmisión comunitaria del Covid motivo de gran preocupación en Suriname

Como resultado del creciente aumento de contagios y muertes diarias por el coronavirus en Suriname, es necesario que el Gobierno de Santokhi emita una...
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    Luego de la visita del ministro de Salud, Amar Ramadhin, -para observar de cerca la situación en los hospitales-, aseguró que las personas siguen...

    Faltaba Algo

    Foto: @patoenparamaribo

    Empecé a conducir a los 17 años. Y lo que más me gustó siempre es la libertad que te da tener las manos al volante de tu carro. Especialmente cuando una habita una ciudad en la cual se circula principalmente en automóvil. 

    Hasta aquí esta historia podría resultar natural y simple, sobre todo porque poseo licencia de conducir. Pero Suriname tiene un desafío: se conduce por el lado izquierdo.  ¿Será porque hace muchísimos años fue colonia inglesa? ¿o por su cercanía a Guyana, donde también se maneja así por haber sido británica?

    Lo cierto es que quien diga que le resultó sencilla la primera vez que tuvo que conducir del lado equivocado ( ja!) miente.

    Poner el guiño en una esquina aún es una tarea complicada y más de una vez confundí la derecha con la izquierda y el tic-tac de los limpiavidrios nos recuerdan el error. Ni que decir que la cara desconcertada con que me miran nuestros vecinos me hace sentir aún más ridícula. 

    Cuando fui “autorizada” a probar el auto un domingo por la zona de mi casa…STOP. Aviso a quienes me están leyendo: sí, primero me dieron “autorización”. Tuve que dejar mis principios de mujer empoderada y solicitar autorización para usar el carro. Segundo, por la zona de mi casa, salvo pájaros volando, no hay nada que se mueva un domingo por la tarde.  No se dieron cuenta que me habían dado de probar el helado de vainilla de Fernandes, y ahora no podían sacarme el pote. Quien lo probó me entiende. Quien no, haga un comparativo con lo que le guste (pero que sea muy muy fuerte !).

    Como decía, las primeras veces fueron muy extrañas. Al no tener otros automóviles que te guíen el sentido de la mano, debes tener más atención al llegar a las bocacalles. Tienen un sistema de carteles con unas flechas muy distintas a la que conozco, las esquinas están sembradas de exuberante vegetación, con plantas  de casi metro y medio -o más- de altura,  dificultando totalmente ver quién se aproxima en la bocacalle… Es decir: conducir acá es casi una “experiencia religiosa”.

    La escena en la esquina es más o menos así: ¿Avanzo? No. ¿Vendrá alguien?  Quizá. Avanzo un poquito. Sólo un poquito y miro: nadie. Pero no veo bien. Un poquito más. ¡Ups! Pasa un carro. Mi corazón late. Cuando intento volver a retomar la acción, ya olvidé que debo mirar primero a la derecha y mi cabeza mira automáticamente hacia la izquierda. Ya lo decía un paisano mío, cantante:  “Volver a empezar, que aún no termina el juego”. Entonces inhalo, exhalo. Por fin, puedo cruzar. Unos metros más y luego voy a tener que superar la misma prueba. 

    Creo que desde que me subí aquí a un carro por primera vez, rezo más que nunca. Por favor, que no aparezcan bicicletas de la nada, motos, gente caminando por las calles (¿recuerdan que no hay veredas?). De pronto casi a 50 metros un niño parado con su bicicleta mirando con actitud de “¿me permites cruzar?”. ¿Y yo que hice? Frené y le toqué bocina indicando que le cedía el paso -como a veces hacemos los argentinos-. Pero en Paramaribo no solo se conduce al revés, sino que algunas señales se interpretan de un modo distinto. No toque bocina en una situación, ya que está indicando que le cede el paso. No haga luces a otro conductor en una intersección. También le está cediendo el paso. 

    Dejo para el final un problema recurrente en mi vida. Las rotondas. Y ahora conduciendo a la izquierda, al principio, fue muy difícil. Cada vez que entro en una rotonda y escucho la voz del Google Maps -bautizada por mí como  Raquel-  que me decía “coje la cuarta salida a la izquierda” comienzo a contar  pero entro a confundir salidas con entradas y ya me pierdo en la cuenta y sigo dando vuelta en la rotonda. Y Raquel comienza a ponerse nerviosa y “recalcula” que “tome la tercera salida” o que “ tome tal otra salida” .

    De tanto ejercitar me di cuenta que al tomar una rotonda tengo que entrar tranquila, despacio para ir controlando los siguientes movimientos guiandome con el mapa del Google Maps, no con la guía auditiva y concentrarme. Aquí, como en cualquier parte del mundo.

    Les cuento que superé algo muy importante. Los miedos de los otros. No los míos. Yo no los tenía. O si?  ¿Quién no? Al  manejar un auto todos podemos tenerlos. Pero lo peor que nos puede pasar  en la vida es cargar con miedos ajenos que nos puedan paralizar y depender de otros. 

    Esta semana pasé de sentarme en el asiento de atrás del auto como pasajera de mi vida, a ser conductora de vuelta. Aunque sea por la izquierda. 

    Los espero en mi Instagram @patoenparamaribo con más fotos.

     

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    Hasta aquí esta historia podría resultar natural y simple, sobre todo porque poseo licencia de conducir. Pero Suriname tiene un desafío: se conduce por el lado izquierdo.  ¿Será porque hace muchísimos años fue colonia inglesa? ¿o por su cercanía a Guyana, donde también se maneja así por haber sido británica?

    Lo cierto es que quien diga que le resultó sencilla la primera vez que tuvo que conducir del lado equivocado ( ja!) miente.

    Poner el guiño en una esquina aún es una tarea complicada y más de una vez confundí la derecha con la izquierda y el tic-tac de los limpiavidrios nos recuerdan el error. Ni que decir que la cara desconcertada con que me miran nuestros vecinos me hace sentir aún más ridícula. 

    Cuando fui “autorizada” a probar el auto un domingo por la zona de mi casa…STOP. Aviso a quienes me están leyendo: sí, primero me dieron “autorización”. Tuve que dejar mis principios de mujer empoderada y solicitar autorización para usar el carro. Segundo, por la zona de mi casa, salvo pájaros volando, no hay nada que se mueva un domingo por la tarde.  No se dieron cuenta que me habían dado de probar el helado de vainilla de Fernandes, y ahora no podían sacarme el pote. Quien lo probó me entiende. Quien no, haga un comparativo con lo que le guste (pero que sea muy muy fuerte !).

    Como decía, las primeras veces fueron muy extrañas. Al no tener otros automóviles que te guíen el sentido de la mano, debes tener más atención al llegar a las bocacalles. Tienen un sistema de carteles con unas flechas muy distintas a la que conozco, las esquinas están sembradas de exuberante vegetación, con plantas  de casi metro y medio -o más- de altura,  dificultando totalmente ver quién se aproxima en la bocacalle… Es decir: conducir acá es casi una “experiencia religiosa”.

    La escena en la esquina es más o menos así: ¿Avanzo? No. ¿Vendrá alguien?  Quizá. Avanzo un poquito. Sólo un poquito y miro: nadie. Pero no veo bien. Un poquito más. ¡Ups! Pasa un carro. Mi corazón late. Cuando intento volver a retomar la acción, ya olvidé que debo mirar primero a la derecha y mi cabeza mira automáticamente hacia la izquierda. Ya lo decía un paisano mío, cantante:  “Volver a empezar, que aún no termina el juego”. Entonces inhalo, exhalo. Por fin, puedo cruzar. Unos metros más y luego voy a tener que superar la misma prueba. 

    Creo que desde que me subí aquí a un carro por primera vez, rezo más que nunca. Por favor, que no aparezcan bicicletas de la nada, motos, gente caminando por las calles (¿recuerdan que no hay veredas?). De pronto casi a 50 metros un niño parado con su bicicleta mirando con actitud de “¿me permites cruzar?”. ¿Y yo que hice? Frené y le toqué bocina indicando que le cedía el paso -como a veces hacemos los argentinos-. Pero en Paramaribo no solo se conduce al revés, sino que algunas señales se interpretan de un modo distinto. No toque bocina en una situación, ya que está indicando que le cede el paso. No haga luces a otro conductor en una intersección. También le está cediendo el paso. 

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    Les cuento que superé algo muy importante. Los miedos de los otros. No los míos. Yo no los tenía. O si?  ¿Quién no? Al  manejar un auto todos podemos tenerlos. Pero lo peor que nos puede pasar  en la vida es cargar con miedos ajenos que nos puedan paralizar y depender de otros. 

    Esta semana pasé de sentarme en el asiento de atrás del auto como pasajera de mi vida, a ser conductora de vuelta. Aunque sea por la izquierda. 

    Los espero en mi Instagram @patoenparamaribo con más fotos.

     

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    Luego de la visita del ministro de Salud, Amar Ramadhin, -para observar de cerca la situación en los hospitales-, aseguró que las personas siguen...

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    Empecé a conducir a los 17 años. Y lo que más me gustó siempre es la libertad que te da tener las manos al volante de tu carro. Especialmente cuando una habita una ciudad en la cual se circula principalmente en automóvil. 

    Hasta aquí esta historia podría resultar natural y simple, sobre todo porque poseo licencia de conducir. Pero Suriname tiene un desafío: se conduce por el lado izquierdo.  ¿Será porque hace muchísimos años fue colonia inglesa? ¿o por su cercanía a Guyana, donde también se maneja así por haber sido británica?

    Lo cierto es que quien diga que le resultó sencilla la primera vez que tuvo que conducir del lado equivocado ( ja!) miente.

    Poner el guiño en una esquina aún es una tarea complicada y más de una vez confundí la derecha con la izquierda y el tic-tac de los limpiavidrios nos recuerdan el error. Ni que decir que la cara desconcertada con que me miran nuestros vecinos me hace sentir aún más ridícula. 

    Cuando fui “autorizada” a probar el auto un domingo por la zona de mi casa…STOP. Aviso a quienes me están leyendo: sí, primero me dieron “autorización”. Tuve que dejar mis principios de mujer empoderada y solicitar autorización para usar el carro. Segundo, por la zona de mi casa, salvo pájaros volando, no hay nada que se mueva un domingo por la tarde.  No se dieron cuenta que me habían dado de probar el helado de vainilla de Fernandes, y ahora no podían sacarme el pote. Quien lo probó me entiende. Quien no, haga un comparativo con lo que le guste (pero que sea muy muy fuerte !).

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    Dejo para el final un problema recurrente en mi vida. Las rotondas. Y ahora conduciendo a la izquierda, al principio, fue muy difícil. Cada vez que entro en una rotonda y escucho la voz del Google Maps -bautizada por mí como  Raquel-  que me decía “coje la cuarta salida a la izquierda” comienzo a contar  pero entro a confundir salidas con entradas y ya me pierdo en la cuenta y sigo dando vuelta en la rotonda. Y Raquel comienza a ponerse nerviosa y “recalcula” que “tome la tercera salida” o que “ tome tal otra salida” .

    De tanto ejercitar me di cuenta que al tomar una rotonda tengo que entrar tranquila, despacio para ir controlando los siguientes movimientos guiandome con el mapa del Google Maps, no con la guía auditiva y concentrarme. Aquí, como en cualquier parte del mundo.

    Les cuento que superé algo muy importante. Los miedos de los otros. No los míos. Yo no los tenía. O si?  ¿Quién no? Al  manejar un auto todos podemos tenerlos. Pero lo peor que nos puede pasar  en la vida es cargar con miedos ajenos que nos puedan paralizar y depender de otros. 

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